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viernes, 18 de marzo de 2011

TEMPVSCIDIVM


Fulminaría a cualquiera que le dijera que la traición de la aguja de su reloj, causada por la ambición de arañarle dos minutos al tiempo, carece de importancia. Mataría, con esa mirada quieta y silenciosa propia de la candidez típica de su edad, a quien le dijera que no tiene sentido indignarse porque un reloj vaya avanzado dos minutos. Quizás, cuando el tiempo ya le haya borrado cualquier indicio de vitalidad, se abochorne, al reseguir la línea que dejaron sus pasos en su pasado, y la profunda huella que en ocasiones selló su rastro, causada por una estancia demasiado prolongada en ciertos parajes. Y es que si tuviera diez años más, alejaría de su cabeza planteamientos semejantes a los que ahora acechan agujerear su cráneo, y no perdería demasiado tiempo en expandirlos en forma de cábalas sin solución ni consuelo. Tan sólo reajustaría el minutero calcando la hora de cualquier otro reloj que gozara de mayor salud y pasearía su languidez por otros asuntos que no por ser más comunes y trascendentes serían más inquietantes. O quizás, en un acto de gran atrevimiento, viviría calculando esos dos minutos de diferencia constantemente, durante cada acto de su vida en el que su vista requiriera estamparse contra su reloj buscando el consuelo de haber ralentizado sus agujas y haberle ganado la partida. Pero ahora, aunque le abriga la amplitud de la distancia respecto a la soledad del desconsuelo, vive con el pesar de estar anticipándose indebidamente a los hechos, con un miedo al futuro propio de quien aún tiene demasiado que devorarle al presente. Y es que, aunque antes de que se dé cuenta echará de menos esa apacible sensación que tienen los humanos durante su estado embrionario, apenas ha empezado a vivir y algo en su interior ya le grita que cada minuto es lo único que le pertenece. De hecho, pocas veces estará tan seguro de eso como ahora. Con el tiempo aprenderá que poco sabemos de los recuerdos y de la huella que dejan en el núcleo del corazón, y sabrá que acaban convirtiéndonos en una figura invisible paralizada por el miedo a no volver a sentir. Sólo sirven para rellenar las páginas de un libro que jamás será ya releído y que no volverá a sentir el tacto de la tinta si se prescinde de prolongarlo. El pasado posee esa enigmática esencia capaz de paralizar los sentidos para impedirles evolucionar.
Aún no ha aprendido a percibir el acechante tic-tac que a los demás rodea y que rellena gustoso de miedo demoníaco la oscuridad de la noche vacía durante esos momentos en los que el sueño y la vigilia juegan a morderse la cola. Ese tic-tac forma parte de él mismo hoy y le acompaña en la magia de un tiempo que aún no comprende pero que siente arder en su aorta como si lo fuera a diluir en mil partículas en cualquier momento. Hace que sienta la necesidad de arrastrar la cara por cada minuto que ante él se pasea para convertirlo en un recuerdo, tal vez innecesario en su presente, que le acabará resultando imprescindible durante esos días futuros en los que su alma no sepa dónde anclar.
Del futuro poco sabe. No es capaz de imaginar que, más allá del horizonte, existe un mundo que él sólo percibirá, ya adormilando, cuando aquello en lo que se haya convertido se arrastre hacia allí. Porque cuando lo haga, será otra persona, con el mismo mar en los ojos, aunque quizás por entonces el agua se haya comido parte de la playa. Quizás no se parezca en nada a aquel que se encargó de dar origen a las aspiraciones que le llevarán a ser un habitante del futuro. Sabe que la vida es un continuo ahora o nunca, aunque con los años esa seguridad se pierda y sólo quede su tremenda ausencia acompañada de ese vivir para el futuro constante y una visión del presente efímera y segmentada. Acabará dándose cuenta de que muchos se llenan la boca o la piel de palabras vanas y de tinta apologizando a un ‘carpe diem’ vacío que carecerá de sentido en bocas que jamás lo habrán sentido dentro.
Para él, que acaba de abrir los ojos, no existe ningún final, ni una concepción de su futura presencia, aunque algo le diga que se encuentra en una cuenta atrás. Aún está a salvo del miedo, que en él aparecerá, y del comercio de almas al que se dedica. Tiene todo por hacer, por muy reducido que sea su coto de caza. Acabará aprendiendo a aumentar sus dimensiones y a adentrarse en experiencias que ahora relega a la mendicidad a causa de los prejuicios que le han transmitido por el cordón umbilical. Entenderá los elementos que componen la difusa inexistencia tras analizarlos y los incorporará como crea conveniente a su historial vital.
Aún no sabe que poco a poco cambiará, por la propia idiosincrasia de la transmisión de sonrisas de plastidecor, y que dará el paso fundamental, en el que deberá comprar un modelo de vida caduco e incoherente que le llevará a temerle al mismo tic-tac del que antes se apropiaba y de cuya efervescencia se enorgullecía. Le temerá a ese tic-tac que acompañará al deglutir de facturas por parte de su conciencia, y al olor metálico de la sangre que brotará del cajero automático cuando se encapriche con no escupir más billetes. Odiará el tic-tac funesto que sigue a un golpe en la puerta, y el que le acompañará en su posterior arrepentimiento. Lo maldecirá cuando se encuentre escondido detrás del pitido impertinente de un tren o de un claxon de coche. Matará por introducirlo de nuevo en su interior para que lo alimente a él y no al acto final de su existencia. Acabará odiando ese tic-tac incómodo de las funerarias, cuando las pasiones ya han sido vomitadas y quedan de forma residual, y también odiará el dolor que se decida a interrumpirlo. Convivirá, ya al final, con ese tic-tac de nuevo, pero esta vez paralizado en un segundo a merced de la eternidad que ya no tendrá fuerzas ni ganas de prolongarse y dejar paso al siguiente.

Con el tiempo, si no adquiere poderes camaleónicos, sufrirá continuamente el tortazo en la cara de ese tic-tac, y sentirá la rabia que nace de las mejillas cuando se ven magulladas incomprensiblemente una y otra vez. Sólo le quedará saber desglosar la realidad. Así conseguirá que ese tic-tac vuelva a arderle dentro hasta que la muchedumbre encarcelada alce las armas para eliminar todo aquello que lo convierta en diferente a ellos, sin saber que el culpable no es él, sino el hechicero disfrazado de padre que les vendió las armas.

Hoy muchos darían lo que fuera por esa sensación que les han robado sin saber cómo y que les ha convertido en peones de calle cuyo sinsentido vital permanece latente pero escondido en esperanzas de cristal. Siempre nos quedarán los sempiternos descubreaméricas y sus respectivos compramotos que seguirán creyendo que la vida, que tantos millones de páginas ha sido capaz de rellenar aportando nuevos matices en cada una, es esa aburrida mierda que están viviendo. Creerán que es eso. Pero sólo lo creerán. Algún día quizás se den cuenta de que creer no es un buen compañero de vivir, y que si de verdad estuvieran haciéndolo jamás hubieran tenido algo tan claro.

miércoles, 2 de marzo de 2011

RELATIVA FICCIÓN, OFUSCADA IRREALIDAD

 

Dos motivos diferentes o dos fines opuestos, una elección que depende totalmente de la visión de la que proceda el juicio. La diferencia surge de ahí. Las características divinas o satánicas de la que son dotados ambos territorios divididos por la grieta que ella crea son una consecuencia demasiado propia del concepto de humanidad popularmente extendido hoy en día, que desdibuja paradójicamente esa discordancia al arrastrarla a un mismo principio y final. Por muy alejadas que parezcan dos causas contrapuestas, no dejan de anhelar un mismo sueño, pese a que los que las defiendan mantengan semblantes diferentes causados por la forma de luchar, a la intemperie y con las manos llenas de mierda y sangre unos, otros bajo algún manto sacro que los protege a ellos y a su complejo de rey Midas. La diferencia reside en la épica y en poco más, pues el camino seguido no se aleja tanto pese al empeño de esa incrustación de valores que hacemos nuestros por pura admiración, que idealizamos sin saber hasta qué punto nos convienen o los conocemos. Y desaparece, como si supiera que allí no pinta nada, consciente de que jamás ha existido, de que es un invento de los axiones de millones de despiadados hipócritas que no cesan de intentar ajustarse a la silueta estipulada sin preguntarse si es la adecuada. Un cúmulo de vanas ideologías nos arrastra a defender una causa, a admirarla sin darnos cuenta que lo único que hacemos es huir de un pasado marcado por unas experiencias que han decidido invisibilizar el trauma provocado. Esa causa se convierte en nuestro sueño, y como todo sueño, se fundamenta en el anhelo de aquéllo que se resiste a ser conquistado. El error es convertirlo en una nueva cruzada con un dios distinto a quien honrar. Tan sólo se trata de la lucha de la relatividad y el subjetivismo. Y es que al final, cuando nada es un recuerdo y un augurio, un pretérito y un futuro, sólo queda soñar con que la balanza se incline hacia la emisión sin interferencias de radiofonías sintonizadas en algún canal remoto de la falacia pasajera del sentir.

Intentamos no desear querer, o querer no desear, con la impaciencia de quien teme que pedir sea demasiado inoportuno y que carezca de sentido. En manada, nos movemos hacia la posición más seriamente deliberada en un contexto equivocado y buscamos la llegada de victorias y trofeos a nuestro palmarés moral. Un palmarés débil y obsoleto, arcaico y desmantelado que carece ya de pilares sólidos a causa de la nula capacidad de autoanálisis. La ética, la anhelada ética, nos arrastra por el buen camino, derivado del indicado por folletos neojudaicos, impidiéndonos ver qué creemos o queremos en realidad, ni su porqué. Hemos perdido la capacidad de reconocer nuestras propias pulsaciones vitales y nuestra miopía nos impide ver el horizonte en medio de una cosmovisión cuya incorrección reside en el color de la tinta con la que ha sido dibujada.

Se erige como vil villano aquel que antes era un auténtico ejemplo a seguir. Como un criminal sin raciocinio alguno, ni humildad, con complejo de Dios y con un saco repleto de psicopatías. Su comportamiento y su forma de actuar van en contra de cualquier código ético. Mientras, ruedan las peticiones de borrado de esas imágenes junto a él de los archivos fotográficos de algunos medios para que la hipocresía disminuya (levemente, al fin y al cabo). Hasta que la condena pública no se manifiesta, los cortabacalaos saben esconderse en su caparazón.

En esta lucha de intereses que tan sólo pretende encontrar una cierta armonía entre anhelos y resultados, el problema, olvidándonos ya de ética y moral, reside en la anteposición de una de esas armonías por encima de la de millones, por mucho que cuente con los medios suficientes para mantener la situación desigual, si ninguno de esos que se llena la boca defendiendo unos determinados valores que en realidad permanecen en su cónclave oral para ser masticados y tragados, trata de impedirlo. Esa abstracta invención que resuena en los oídos de los que conforman dos visiones del ejercicio del vivir cual sinfonía, el yin y el yang, agoniza al verse reducida a cenizas, mas tiene el consuelo de saber que ha conseguido arder sin ser inflamable, mucho más de lo que podía haber imaginado antes de que los humanos perdiéramos el tiempo en disfrazar causas de justas y admirables.

El interés colectivo mueve a la masa hambrienta de villanos que un día asumieron el papel de líder, sabedores que no eran más que unos actores cuya única función era disfrazar la mano oculta de algo más etéreo que cualquier deidad y más propio de alguna visión paranoica del asunto que no deja de tener nombres y apellidos. Es incuestionable que su energía locomotora es admirable. Para mí y para millones de víctimas de la desgracia como yo. Porque por mucha vana palabra, cuestiono cuántos elegirían un camino diferente al tomado por ése que parece surgido del antiguo Força Barça de Alfons Arús. Lo único que nos o los diferencia de él es sólo el contexto y algunas determinadas elecciones y una cuestión física de posicionamiento de entes.

La representatividad vuelve a aparecer una vez más como ridícula y caduca, al menos en su rol actual, pero se sigue escondiendo detrás de problemas que parecen puntuales y residuales, apartados y aislados entre sí, consiguiendo convertir en genocidas a sus víctimas, cuando los hilos tan sólo los mueve ella. Acabará cediendo, como un ladrón de bancos, entregando al rehén de turno, guardándose en la manga los secretos del poder que le permite seguir escondida, invisible y anónima, y seguirá causando esa extraña grieta en el gaznate propia de cuando no aparece la forma de remontar un camino al final del cual se halla la causa primera. Más dramático aún es mantener la aprobación hacia la cada vez más incesante constancia de la prohibición. Conducimos por una carretera y de montaña y, por mucho que nos sea señalizada la posible caía de piedras y rocas, creemos que no lo harán a nuestro paso. Leyes que prometen un bien final no dejan de aparecer y esa época mejor que ha de llegar jamás lo hace, mientras la gaviota sobrevuela la Península ya en solitario con un cargamento de leyes de otro color pero con el mismo problemático trasfondo, prometiendo devolvernos lo que nos han quitado.


No está en mi poder saber si existe algún tipo de energía que regule los desbarajustes que surgen con el tiempo. La naturaleza, según dicen, es sabia y se encarga de eso, pero sería una ridícula forma de tirar de tópico admitirlo, o una excusa más para buscar sucesores o antecesores del mesías de turno. Otros hablan de karma pero tampoco pretendo hacer alusión a conceptos que me quedan grandes para dármelas de profundo conocedor de la cultura oriental y sonar un poco más exótico. Lo que sí que está claro es que lentamente se van encaminando los humanos, pese a las barreras que en su mente hay, hacia un planteamiento que les devolverá al camino correcto después de muchos siglos. Pronto ya nadie considerará como suyo lo que no lo es y cesarán las peleas por identidades que jamás hallarán, pues se habrá difuminado ya lo propio y lo ajeno en medio de esta interconexión que vivimos. La única alternativa, la última opción, será defender los colores de la propia patria, pero de la propia de verdad. Regresará la humanidad, escapando de su definición paternalista o filial, sin obstáculos que la frenen, ni tampoco miedos ni cobardías. La evolución, al fin y al cabo, se ha basado en eso y ha convertido el mundo en un vertedero lleno de moscas. Los instintos, algo que un animal jamás olvida por mucho que con los siglos haya aprendido a leer y a escribir, y que han sido exterminados, desapareciendo a su vez lo poco que nos conectaba al núcleo de este planeta, acabarán regresando en su dosis adecuada.
Desconozco si junto a ellos volverán los sueños, en busca y captura. Consiguieron fugarse junto a nuestras cuerdas vocales hace ya tiempo y provocaron que asumiéramos nuestro papel de atletas de una carrera de obstáculos seguros de estar capacitados para saltarlos una y otra vez sin cesar. Nadie recuerda que estamos aquí por otro motivo escondido detrás de tanta absurda complejidad, que más allá de nuestras pupilas no hay nada, pues la realidad es un ejercicio de introspección, una evidencia, una señal de retorno que ha de obligarnos a mirar hacia dentro y no hacia fuera. La unión no siempre crea al individuo. El individuo toma forma cuando consigue aislar la incógnita de la ecuación que lo compone. Sólo así consigue resolverla. Lo demás son bonitos discursos cuya belleza se basa en evocar conceptos que todos tenemos en la retaguardia propios de esa lista de palabras que suenan bien porque se las hemos sentido a no sé quién en la tele o las hemos leído en algún libro convertido en incunable para nosotros. La colectivización absoluta del individuo pues, es una vía más, pero no la única. Es el el anhelo de una generación que continúa odiándose a sí misma por haber estropeado el sueño de sus padres y haberlo convertido en la pesadilla de sus hijos.

lunes, 14 de febrero de 2011

AHORA TIENEN VOZ Y ROSTRO

Reuters

 En el inconsciente colectivo, como si hubiera algún recuerdo de otra época remota previa a nuestra vida, existe una inevitable atracción hacia esas grandes civilizaciones que han marcado el devenir del mundo hasta arrastrarlo a lo que es hoy en día. Como si algo, en nuestro interior, nos gritara a voces que un día le rezamos al dios Sol en la antigua ciudad de Tiwanacu, que pertenecimos a la civilización de Keops, que fuimos miembros de la Academia Platónica, que luchamos por un sueño llamado Roma de la mano de Julio César recorriendo las Galias, que formamos parte de esa cultura árabe que ocupó la Península, que recorrimos el mundo de la mano de Alejandro Magno, que descubrimos América implantando la civilización en aquellas malditas tierras llenas de salvajes (entrecomíllese cuando haga falta). Sentimos una inevitable atracción hacia todos aquellos que se han encargado de diseñar el pasado de nuestra especie y han creado, en cierta forma, un pasado nuestro pre-natal, un contexto histórico que acabó causando nuestro nacimiento en un momento determinado. Es por ese motivo que cuando observamos perplejos las pirámides de Egipto o cualquiera de los múltiples elementos que aún se conservan de esa enigmática cultura, no podemos evitar pensar que algo de nosotros allí queda, algún resto prácticamente imperceptible, alguna esencia oculta que ahora forma parte de nuestra alma. Cuando vemos esos paisajes de ensueño y percibimos el tacto de un atardecer mágico más propio de otro mundo que del que ahora consideramos como nuestro, nos vienen a la cabeza demencias seniles de otra época, atracciones ocultas e incomprensibles hacia una religión exótica que nos hace recuperar la fe que perdimos en un cristianismo ya enterrado, pues parece ocultar alguna gran verdad que nosotros desconocemos, o que se ha escapado a lo largo de los siglos de la mano de una humanidad maltrecha y destructiva. Quizás sólo sea una vana intuición y nada más, propia de nuestra afición por lo misterioso y lo oculto y de esa creencia que nos lleva a considerarnos capaces de conseguir un conocimiento absoluto, estigmatizados aún por concepciones filosóficas que equipararon las ideas y el conocimiento a objetos tangibles que pululan por otro mundo. Es por ese motivo que, para Occidente, Egipto era, hasta hace poco, el lugar aquel de las pirámides y poco más. Sus habitantes eran meros receptores del turismo, simples comerciantes del pasado, de una cultura que al menos les servía para darles algo que llevarse a la boca y de la que ya no quedaba nada en ellos. Sus habitantes no tenían ni ojos, ni rostro, ni voz. Su día a día se basaba en imposiciones derivadas de la posibilidad inexistente, amputante de esperanza por esa maldita incapacidad de encontrar la felicidad. La mirada perdida de ese egipcio nativo de cualquier pueblucho, cuyo nombre nos interesaba realmente poco, y totalmente sumido en la pobreza, parecía necesitar ese toque de mendicidad para ser más enigmática y dramática y aumentar mínimamente su escaso atractivo. Egipto era, hasta el 25 de enero de este mismo año, un país atrapado en el pasado, puesto en pausa, sin personas ni personalidad, dispuesto a recibir a todo aquel que quisiera presumir ante su gente de exotismo colgando en Facebook imágenes diferentes a las de los demás, porque es realmente difícil encontrar a alguien que tenga una foto de perfil delante de las pirámides hoy en día. Pero en Egipto nadie residía, nadie vivía, e incluso más valor tenía montar en camello durante ese maravilloso viaje turístico que conocer a las personas que allí habitaban. Y es que allí, el color de la ausencia y de la pobreza conjuntaban con el de la arena del desierto.

Sin embargo, el Día de la Ira, e inspirado por sus hermanos tunecinos, el pueblo egipcio enseñó sus ojos, su rostro y gritó a viva voz a los ojos y a los oídos del mundo, iniciando un proceso que ha llevado a su máximo dirigente a marcharse del país. Ahora todos lo admiramos. Todos apoyamos su causa y la hacemos prácticamente nuestra cuando hace apenas un mes no conocíamos su situación y nos daba absolutamente igual. El pueblo egipcio ha luchado y ha peleado, algo que muchos aún esperamos que pase en otros lugares más cercanos y que es motivo de admiración y de sana envidia y, aunque no se sepa por cuánto tiempo, ha materializado el lejano y utópico concepto de la libertad. Seguirán con una rutina que esperan se acerque más al modelo de día a día que pretenden, pero lo cierto es que ahora nadie sabe qué sucederá, qué será de ellos. Con el tiempo dejaremos de poner el freno en nuestra vista cuando leamos o escuchemos algo relacionado con ese país. Quizás su situación apenas cambie y deban volver a luchar, aunque la unión siempre es vulnerable a la división y tiende a ella peligrosamente, estropeando un mensaje claro, conciso y con voces dispuestas a proclamarlo. Quizás antes de que sean conscientes sólo queden cuatro gatos dispuestos a pelear. Pero el pueblo egipcio, de momento, ha mostrado indicios de no dejarse engañar y de tener claro el fin y la forma de actuar, convirtiendo en sencillo algo que hoy en día pocos países son capaces de hacer. Le ha demostrado a Occidente y a su estudiada cruzada que el pueblo árabe no sólo está formado por enfermos y psicopátas religiosos, por kamikazes que defienden la religión hasta la muerte, que han perdido cualquier resto de humanidad y civismo, ni por mujeres atrapadas en un pasado que se difumina con su presente, atadas de pies y manos a hombres y ocultas tras un manto de represión y machismo. El pueblo egipcio le ha demostrado al mundo que el cambio es posible si de verdad se tiene claro el motivo y se está dispuesto a hacer todo lo que haga falta por él, si se deja de un lado el conformismo y el absurdo politiqueo que ha olvidado su finalidad y ha convertido a quiénes forman parte de su mundo en gigantes colosales aislados del resto de la sociedad.

Y aunque se pierdan, con el tiempo, la mayoría de elementos que han configurado esta revolución, recordaremos siempre que tuvieron valor suficiente para llevarla a cabo y oiremos, durante mucho tiempo, el eco de sus gritos clamando libertad, y les agradeceremos el hecho de haber recuperado la fe en la unión de dos elementos que tienden últimamente a ir por separado: voz y pueblo.

domingo, 6 de febrero de 2011

LIBERTAD ES SINÓNIMO DE OLVIDO

Fotografía: FosyPhoto, Gloobal Club Sabadell

















Había un lugar donde aún se podía ser libre. Quizás por ese hecho, y por lo que asusta a una sociedad actual que no está acostumbrada a observar la libertad en estado puro dada la situación de limitaciones en la que se encuentra, era acusado por la multitud, ajena a su existencia y muy dada a opinar alegando un profundo conocimiento de la causa cuando en realidad derivan sus opiniones de rumores y creencias aún más desgastados. Pero simplemente era un lugar ajeno, una comunidad apartada del mensaje establecido por las imposiciones de nuestros padres políticos, un sitio donde el bien y el mal se quitaban la máscara que algunos han querido colocarles y se olvidaban de su estipulada apariencia. Allí la humanidad era libre. ¿Desagradable, violenta, drogadicta? Eso ya es asunto del juicio de cada uno, aunque la respuesta a esta pregunta sorprendería por lo contradictorio con su fama. La gente, simplemente, actuaba tal y como era, no como le decían que fuera. Quizás se tratara de uno de los mayores drogaderos del Vallès Occidental y alrededores. Eso ya es otro asunto. Pero la de drogarse era la elección de cada persona que allí asistía. Una elección vital propia que nacía de la libertad de cada individuo a hacerlo o no. Quiénes allí asistían tenían claro que la libertad no consiste en elegir entre las pocas opciones estipuladas que existen. No. La libertad no es hacer lo correcto, ni hacer lo bueno. La libertad es valorar si lo bueno y lo malo realmente lo son, y decidir de forma individual qué camino adoptar. Pero no consiste en tachar algo como estigma e impedir a la sociedad su uso por puro paternalismo dictatorial. Hablo de la libre elección de cada uno. Hablo de una palabra tabú en el mundo en el que vivimos, que asusta por igual a quiénes ordenan como a quiénes reciben sus órdenes: elegir. Ayer, 200 mossos d'esquadra se encargaron de cumplir las órdenes de otros, que además cuentan con el apoyo mayoritario de una población manipulable, para invadir ese lugar apartado de una ley que muchos rechazan por pura incomprensión: Gloobal Club Sabadell.

Anónimo, Gloobal Club Sabadell

Y a bocados, siguen comiéndose la libertad del pueblo. Esa libertad por la que luchan los tunecinos y los egipcios a base de revueltas que creemos ajenas a nosotros por tratarse de una causa que ya defendimos en su día y que nos llevó a ser libres de forma exitosa, sin darnos cuenta de que el problema sigue aún disfrazado. Pero esta es la historia de siempre. Pequeñas leyes y actos, que van pellizcando el libre albedrío del ciudadano yprograman su futuro y le acortan el margen de actuación, siguen apareciendo. Pequeñas decisiones que se engloban en una línea de actuación que preocupa, que empequeñecen a su vez el poder del habitante de este país. Seguiremos aguantando absurdos spots de patriotismo que sólo buscan englobar al pueblo en una causa inútil, que pretenden causar identificación y unión en la gente, que pretenden que nos llenemos la boca hablando de todo lo que tenemos y de lo que podemos presumir. Buena táctica para una época en la que tenemos realmente poco y en la que destacamos por todo aquello de lo que carecemos. Y es que la identificación no se busca con un vídeo de un minuto que trate de agujerear la capa emocional del individuo y que consiga cuatro bellos erizados. La identificación se busca escuchando a la gente, conociendo lo que quiere, entendiéndola y no creyendo poseer el poder suficiente como para saber lo que quiere mejor que ella. Ahí radica el problema de la política. Y así es como esa identificación no existe, pues muere cuando nace la imposición. Cuando el camino del destino se convierte en una carretera asfaltada de un solo carril que impide salir de allí y tomar otra dirección. Eso deslegitima cualquier decisión, cualquier ley y sólo consigue provocar que la libertad muera, en este genocidio de opciones y oportunidades alternativas en el que parece que vivimos.

No, esta no es una elegía a la drogadicción. Simplemente lo es a la libertad de ejercer esa opción individual, como cualquier otra, por parte de aquéllos que lo crean conveniente. A nadie afecta, tan sólo a ellos. Qué menos que puedan hacerlo si así lo creen adecuado.

domingo, 30 de enero de 2011

RETRATOS - PICHI ALONSO


Desde hace siete años el culé ha recordado el significado de la palabra disfrutar. Tras un largo periplo por el desierto a causa de varias crisis, recriminaciones, proyectos inestables y parafernalias inexplicables, el FC Barcelona se ha convertido, a día de hoy, en un equipo que pasará a la historia por la forma de poner en práctica su futbolsofía. Un equipo al que cualquier aficionado al fútbol echará de menos desde el mismo momento en el que se evapore al compás del frenético ritmo de este deporte y su constante progreso y cambio. Sería ventajista e inútil decir que es el mejor de la historia, pues eso conllevaría tener que elegir entre la multitud de conjuntos de ensueño que el fútbol ha producido y sería una valoración que nacería de la subjetividad que siempre lleva consigo el recuerdo más reciente en comparación a otros pasados.

Esta temporada el FC Barcelona parece haber alcanzado el mayor nivel futbolístico de su historia, superando al Barça de Ronaldinho y Rijkaard e incluso al que consiguió coronarse como mejor equipo del mundo durante el primer año de Guardiola en el banquillo. La incorporación de Villa parece haber sido el último gran acierto de Laporta. Aún así, el culé no olvida que tiene una espina clavada. Una fecha sigue presente en su memoria: el día en el que se rompió la burbuja en la que había vivido desde que el hijo pródigo regresó al Camp Nou como entrenador. El 28 de abril el Camp Nou se convirtió en el lugar donde Mourinho celebró que su Inter acabara con la hegemonía europea del Barça, al haberse clasificado para la final del Bernabéu, donde se coronaría como rey de Europa. Esa derrota hizo que el Barça perdiera la inmortalidad que parecía haber adquirido. Ese día el sueño del culé de conseguir dos Champions seguidas se esfumó. Ese día fue el último de una semana en la que la afición dio un ejemplo de entrega y cercanía a sus jugadores a causa de la movilización espectacular que llevó a cabo para arropar a un equipo que le había devuelto la ilusión. Fue una semana en la que por la red circularon multitud de vídeos de apoyo, en la que se evocaron recuerdos del pasado lejano y del pasado más cercano, en la que se apeló al mismo espíritu que había llevado al equipo a conseguir grandes remontadas a lo largo de la historia. Y en ese contexto apareció el héroe de Göteborg: Pichi Alonso, que en los 80 hizo vibrar a todo un Camp Nou con tres goles que sirvieron para empatar la eliminatoria ante un equipo "de fontaneros y paletas" que estaban dispuestos a colarse en la final de la Champions y de la que acabaría resultando vencedor el conjunto azulgrana.

Hace dos meses, pocos después de entrevistar a Huma Jamshed, presidenta de la ACESOP, mi compañero Bernat y yo conseguimos contactar con él y concertamos una entrevista que tenía como propósito conocer más de cerca las impresiones y las vivencias de alguien que ha experimentado el fútbol de alto nivel desde tres perspectivas diferentes: el terreno de juego, el banquillo y la cabina de prensa. Con esa idea, el 5 de diciembre llegamos a las instalaciones de Televisió de Catalunya, en Sant Joan Despí, donde Pichi Alonso, inmerso en la preparación del Hat Trick Barça de esa misma noche, nos recibió.

Desde el primer momento nos dimos cuenta de que Pichi Alonso había recibido una curtida educación en la escuela de la vida, pues empezó a hablar sin ningún reparo de sus vivencias, de las que ha elaborado unas conclusiones que compartió con nosotros. Nos habló de sus orígenes, en Benicarló, de una afición por el fútbol que le inculcó su familia, de esa etapa jugando al fútbol en la calle y en el colegio, donde "el futbolista se hace de verdad", que es la que más echa de menos. Nos contó sus primeras impresiones al empezar como profesional en el Castellón, donde empezó a creer que el sueño que todos sus amigos tenían y que el compartía podía hacerse realidad. Nos transmite la emoción que le hace sentir el haber pasado a la historia del Zaragoza, donde vivió su etapa de oro demostrando su capacidad goleadora. Allí, según dice, fue un pilar, un auténtico referente. Su presidente, nos cuenta, se resistió a venderlo al Barça hasta el final porque era consciente de que la afición se le iba a echar encima. Después vendría su etapa como azulgrana, equipo al que había amado desde niño. Allí, pese a jugar poco, conoció lo que es salir a ganar cada partido, tener que luchar por un puesto en el once entrenamiento a entrenamiento, convivir con un filósofo del fútbol como Menotti, sentir de cerca la magia de un astro como Maradona, vivir el día a día de un vestuario difícil, aguantar la presión mediática a la que un jugador de primer nivel se ve sometido... Y por último, nos habla del Espanyol de Clemente, su reencuentro con el fútbol y con el gol, la mejor manera de acabar su carrera.

La historia de Pichi Alonso es la cronología de un sueño desde su nacimiento hasta su muerte, una vez cumplido. La cronología de ese sueño que nace en las calles, con dos piedras como portería, y con un balón que se va desinflando a cada patada. Su historia es la de alguien que ha vivido en primera persona la idiosincrasia del fútbol, sus idas y venidas. Su historia es la de alguien que no tiene ningún problema en reconocer que, si hubiera surgido la ocasión, hubiera fichado por el Real Madrid, porque para él los jugadores son mercenarios a disposición de cualquiera que quiera contratarlos. Su historia es la de alguien que mamó los valores de un club como el Barça desde pequeño y que consiguió convertir en realidad el sueño de muchos. La historia de Pichi Alonso es la historia de la dedicación, del esfuerzo, del trabajo, de vivir para el fútbol, del fútbol y por el fútbol. Es la historia de alguien que ha llevado a dos equipos a dos finales europeas que se le escaparon inexplicablemente de la misma manera, alguien que aún se emociona al hablar de Urruti, "un fiel compañero, una gran persona" y que recuerda con nostalgia lo que significaba para él pisar un terreno de juego, algo que ya apenas hace porque "el cuerpo no acompaña a lo que tu visualizas". Su historia es la de un niño que soñaba cada noche previa a un partido con las jugadas que haría, con los goles que marcaría, y que morirá sabiendo que otros niños soñarán ahora con hacer las jugadas que él hizo, con anotar los goles que el marcó.

  
                                                                

ENTREVISTA COMPLETA

¿Por qué Pichi Alonso decide dedicarse al fútbol?

Yo soy de Benicarló, que es un pueblo de unos 5000 habitantes, y, cuando era pequeño, en los pueblos, o como mínimo en mi pueblo, sólo teníamos el fútbol como distracción. También disponíamos del baloncesto pero nada más, no teníamos ni piscinas, ni pistas de atletismo... No teníamos la posibilidad de practicar otras actividades deportivas ni disponíamos de las formas de distracción de las que dispone la juventud de ahora. Pasábamos el día jugando en la calle con mucha imaginación: dos piedras eran la portería y, cuando pasaba un coche, las quitábamos y las volvíamos a colocar. De hecho, yo siempre digo que el futbolista surge de la calle. En las escuelas de fútbol les pueden enseñar a perfeccionar y a mejorar determinados aspectos, pero donde el futbolista se hace pillo y listo es en la calle. Nosotros jugábamos durante todo el día. Era lo único que podíamos hacer. El sueño de la mayoría de niños era llegar alto. En mi primer año en el juvenil del Benicarló también jugaba en el equipo de baloncesto del pueblo, que estaba en la Tercera División pero al final, por suerte en esa época, me decidí por jugar a fútbol.

¿Quién le transmitió los sentimientos y la pasión por el fútbol?

En primer lugar, decir que si en la escuela no jugabas a fútbol automáticamente te llamaban afeminado. Allí te veías obligado a jugar a fútbol. A parte de esto, en mi casa vivíamos del fútbol. A mi madre y a mi padre les gustaba mucho y mis hermanos siempre lo han practicado también.

El fútbol, ¿una forma de evadirse, una forma de vida, unos sentimientos, un destino, una forma de ganar dinero?. ¿Si tuviera que definir qué es el fútbol para usted qué diria?

El fútbol, para mí, es un hobby. Es lo que más me gusta. En algunos momentos puntuales de mi vida ha sido mi profesión y, en otros momentos, ha sido mi medio para vivir. De todas formas la pasión por el fútbol que tenía antes era mucho más grande. Muchas veces me han preguntado: "¿Si pudieras volver atrás, en qué época (de tu carrera) te quedarías?". Se pensaban que diría que en la época del Barça, en la del Zaragoza o en la del Espanyol. Si pudiera volver atrás reviviría la etapa de los 13 o 14 años. Fue la mejor época de mi vida. Cuando era infantil, si jugaba el partido el domingo por la mañana, el sábado por la noche soñaba cómo haría los goles y cómo sería el partido. Aunque luego nunca sale como lo había imaginado porque el fútbol es imposible de predecir. Entonces, en función de cada época de mi vida, el fútbol ha significado una cosa, pero principalmente es mi hobby, lo que más me gusta.

¿Dedicarse profesionalmente al fútbol hace que su práctica pierda espontaneidad? Al carpintero lo que menos le apetece en su casa es cortar madera. ¿Un futbolista acaba harto del fútbol?

No, lo que pasa es que tú después vas muy marcado por las condiciones físicas. A mí no me importaría seguir jugando a fútbol, con gente que sepa jugar, claro, porque si no llega un momento, cuando has jugado a un cierto nivel, en el que jugar con gente con quien intentas hacer una pared y te devuelve un melón o una mala pelota te quita las ganas de seguir jugando. Lo que sucede es que mentalmente todo lo ves muy claro pero la respuesta muscular deja mucho que desear y sin querer fuerzas y acabas haciéndote daño. De hecho ahora no me apetece jugar partidos de fútbol y, si lo hago, es por obligación, porque algún compañero me lo pide, o la Agrupació de Veterans, o entidades como La Marató. Prefiero practicar otros deportes.

En el año 1970 usted comienza a jugar en el C.E. Benicarló. ¿Nos podría hablar de esta etapa?

Yo estudiava en La Salle i allí tenía un equipo con amigos con los que jugaba a fútbol. Éramos un conjunto con calidad y jugábamos en ligas provinciales. Un año, en las semifinales de un campeonato, nos tocó el equipo fuerte de la ciudad, el Castellón. Yo jugaba de delantero centro y era el más pequeño del grupo. Todos mis compañeros pasaron al juvenil del CE Benicarló y yo, como era infantil, me quedé atrás.

Posteriormente ficha, en el año 1975, por otro equipo valenciano, el CE Castellón, que jugaba en Segunda división. ¿Nos podría hablar de esta etapa? ¿Qué jugadores eran los referentes en este equipo?

El CE Castellón fue mi primer equipo profesional. Yo estaba estudiando Magisterio y el club valenciano me quería fichar, pero mi padre me lo prohibió porque quería que acabara la carrera. Un año después de finalizar mis estudios fiché por el Castellón, aunque el último año de carrera ya entrenaba un día a la semana con ellos. La entidad valenciana estaba en Segunda y tenía a jugadores como Juan del Bosque o Juan Bautista Planelles. Había gente de la casa pero era un equipo sin referentes.

Durante esta etapa en el Castellón usted comienza a destacar como delantero jugando un total de 56 partidos y marcando 20 goles. ¿Podríamos hablar de la consagración de Pichi Alonso?

No, porque se trata del inicio de mi progreso futbolístico. El Castellón fue mi primer paso. Las cosas podían ir bien o podían ir mal aún. Mi etapa en el club valenciano se basaba en sueños que se acabaron haciendo realidad: el deseo de ser un profesional. Puedo hablar de consagración en mi etapa en el Zaragoza.

También durante esta temporada usted compartió delantera con el argentino José Juan Cioffi. ¿Que nos podría decir sobre este delantero? ¿Qué estilo de juego lo caracterizaba? ¿Y sobre Emilio Fabregat?

Cioffi era el típico delantero de toda la vida: un jugador muy grande físicamente y muy discreto en su técnica. Le pegaba muy bien a la pelota, con mucha fuerza. Él tiraba todas las faltas y en uno de sus años en el Castellón marcó muchos goles. Emilio Fabregat era el presidente que me fichó pero no tuve mucho contacto con él. Un chaval, cuando llega a un club nuevo, no tiene el mismo contacto con el presidente que un jugador veterano.

¿Qué siente un jugador en un equipo pequeño? Jugar en un equipo ganador es fácil, la motivación surge sola, pero ¿qué incentivos busca alguien que juega en un equipo pequeño, hacerlo bien para ser fichado por un grande?

Todo futbolista sueña con llegar a un equipo grande. El jugador que te diga que no quiere jugar en el Barça o en el Madrid te miente, porque son los dos equipos grandes con que todo el mundo sueña aunque claro, llega muy poca gente. Tu motivación en un equipo pequeño es que te gusta el fútbol, puedes jugar, practicarlo y es tu medio de vida. Además tienes ilusión porque es lo que te gusta. Aún tienes más motivación si ganas partidos, si eres goleador y marcas goles, si eres defensa y lo haces bien... De aquí después nace el objetivo de destacar para que te fiche un equipo grande, pero la pregunta no es: "¿Cuál es la motivación?" La motivación ya la tienes porque juegas a fútbol, que es lo que más te gusta, y además eres profesional. No viene dada si juegas en el Barça y ganas títulos. Si estás en el Castellón también la tienes.

Sin embargo, cuando estaba en el Zaragoza, sí que tuve la sensación de que había acabado mi ciclo allí y que necesitaba jugar para ganar cada partido. En un equipo grande es lo que hacen. A veces, si estás en un equipo pequeño, tienes la sensación de que si pierdes no pasa nada. Sentía ese vacío. Tenía ganas de competir para ganar títulos y salir a ganar cada domingo, pero eso no significa que no tengas motivaciones


En el año 1977 Pichi Alonso deja el Castellón para fichar por el Real Zaragoza, que había bajado ese mismo año a Segunda. ¿En qué situación llegó usted al club? ¿El equipo maño estaba desestructurado por haber bajado de categoría?

El Zaragoza me fichó en febrero de 1977, pero yo continué jugando con el Castellón hasta final de temporada. Bajaron de categoría. Tuvieron muchos problemas, ya que afrontaron la temporada con demasiados veteranos, como Nino Arrúa y José Luis Violeta, y empezaron a apostar por la cantera, algo que aún no habían hecho. En esa época salieron jugadores del filial como Víctor Muñoz. La apuesta por jugadores jóvenes llegó demasiado tarde.


¿Qué nos podría comentar usted sobre José Ángel Zalba? ¿Qué significó para Pichi Alonso?

Él fue el presidente que me fichó en febrero pero, cuando yo llegué al Zaragoza, él ya no estaba en el cargo. Era un presidente particular, de los que ya no quedan. También estaba relacionado con el mundo de los toros. Vivió una buena etapa con el Zaragoza.

Durante la década de los 70 el Real Zaragoza contaba en sus filas con el ya citado Nino Arrúa como interior izquierda. ¿Qué nos podría explicar Pichi Alonso sobre este histórico jugador del club aragonés? ¿Y sobre Señor?

Con Nino Arrúa yo coincido en su recta final en el Zaragoza. Su perfil era de mediapunta con llegada y gol. Era un buen compañero. En la etapa de Segunda yo luchaba por ser el máximo goleador de la categoría y él se dedicó a hacerme asistencias de gol constantemente durante la última jornada de Liga. Por su parte, Juan Señor llegó al Zaragoza del Alavés. Lo llamábamos "Peque" y su mujer se enfadaba y nos pedía que no le llamáramos así. Era un jugador pequeño, un buen interior con llegada a portería. Golpeaba muy bien la pelota.

En las filas del conjunto aragonés usted destaca como delantero anotando 70 goles. ¿Qué siente emocionalmente Pichi Alonso al formar parte de la historia del Zaragoza como máximo goleador después de Murillo?

Es una satisfacción. A todos nos gustaría formar parte de la historia del club en el que hemos jugado. Yo formo parte del once de oro del conjunto aragonés y estoy muy orgulloso. Siempre he dicho que mi mejor etapa como futbolista fue en las filas del Zaragoza. Allí comienza a destacar mi nombre y se produce mi primera convocatoria con la Selección. Siempre recordaré una anécdota en los vestuarios: Arsenio Iglesias, entrenador del equipo en aquella época, me vio desnudo y exclamó en voz alta: "¿Y este delantero es el que me tiene que salvar la vida?". Yo era tan delgado que a primera vista le parecí poca cosa.

Con el Zaragoza jugó una temporada en Segunda (1977-1978) y posteriormente subió a Primera División. ¿Recuerda algún partido, algún momento o alguna anécdota especialmente?

Un momento que recuerdo gratamente fue cuando conseguí marcar en un partido cinco goles. Hay pocos futbolistas que puedan decir que lo han conseguido. El portero al que se los marqué era Urruti, con el que coincidí en el FC Barcelona. Un compañero de ambos, el lateral Manolo, siempre le decía, ya en el Barça: "¿Cómo puede ser que esta mierda de delantero te marcara cinco goles?" Aquellos momentos eran muy divertidos.

En la temporada 1982 ficha por el FC Barcelona, presidido por José Luís Núñez y dirigido por Ludo Lattek. ¿Qué recuerda de esta primera etapa como azulgrana? ¿Y de las posteriores bajo el mando de José Luis Romero, César Luis Menotti y Terry Venables?

Yo llego del Zaragoza, donde era el capitán, y paso a ser un jugador más del FC Barcelona. En la capital aragonesa podía permitirme jugar mal un par de partidos y tenía más libertad y cuando llegué aquí me exigían jugar bien cada partido. Ludo Lattek era un entrenador muy duro pero muy honesto. Venables importó la estrategia y la táctica. Empezamos a practicar el bloqueo. Menotti era un filósofo. Hablaba muy bien y quería que siempre estuviéramos tocando la pelota y que no la perdiéramos. De Romero no puedo hablar demasiado ya que sólo estuvo un partido en el banquillo.


Usted coincidió con jugadores del talento de Diego Armando Maradona, Bernd Schuster, Tarzán Migueli, Lobo Carrasco, Alexanco, Boquerón Esteban o Urruti. ¿Nos podría hablar del vestuario del FC Barcelona de su etapa como culé?

No fue un vestuario fácil de llevar porque había una estrella, que era Maradona, y además coincidió con que también estaba Menotti, que era argentino como él. Esa época fue complicada porque se produjo su lesión y eso hundió al vestuario. El FC Barcelona llevaba 11 años sin ganar nada y ganar la primera liga en la temporada 84-85 fue un éxtasis, una auténtica emoción. Fueron una época y un vestuario complicados. Había una clara división. Tenía un grupo con el que existía más contacto, un grupo con el que me llevaba bien y otro grupo distante con el que no trataba demasiado, aunque eso no significa que tuviéramos una relación de odio.

¿Los futbolistas sienten los colores de su camiseta? ¿Usted la sentía?

Pueden sentir los colores los jugadores que se han criado mamando desde pequeños los valores del club, pero al fin y al cabo son profesionales, por no decir mercenarios. Defienden al equipo que les paga. Me parece ridículo que empiecen a darle besos al escudo de un club porque después cambian de colores y vuelven a darle besos a otro escudo. Para mi todo es de cara a la galería. De hecho, el futbolista es egoísta por naturaleza y puede llegar a desear que pierda su equipo para que echen a un entrenador que no le favorece o para que éste decida que él juegue y así tenga más minutos y pueda renovar el contrato. Antes, además, la celebración de los goles era el reflejo de haber conseguido el objetivo que buscaba el equipo, no un solo jugador. Marcar un gol es una tarea de equipo, no un mérito individual. Te tienes que abrazar con tus compañeros, que son los que te han pasado la pelota o la han recuperado. Sin eso no habrías conseguido el gol. Los otros forman parte de este éxito. Sin ellos no hubiera sido posible.

Pichi Alonso, el héroe de Göteborg. ¿A qué le suena? ¿Cómo vivió ese partido?

Esta frase ahora me suena al programa Crackòvia, de TV3. Hay jugadores que jugaron mucho más que yo en el Barça pero que no lograron tener un partido en el que destacaran tanto como yo, que tuve la suerte de vivir un momento mágico. Ahora, cada vez que se habla de remontadas en el ámbito culé mi nombre aparece. Aún hoy por la calle la gente me para y me agradece los tres goles o me dicen que lo mucho que disfrutaron en el campo.

¿Un jugador del FC Barcelona siente la presión de la caverna madridista? Normalmente los jugadores tratan de quitarle peso y dicen que no leen los diarios, que no ven las noticias... ¿Es cierto?

Antes era mucho peor que ahora porque no había tanta libertad de expresión para poder contrarrestar la presión madridista. No había tantos medios. TV3 nació en los años 80 y es un medio que sirve para contrarrestar. Ahora los medios catalanes tienen un peso específico más importante. Viendo la historia de la dictadura te queda claro. La caverna hacía y deshacía a su antojo. Es un fenómeno que cada vez ha ido a menos. Ahora se habla mucho de caverna pero aquí también se responde mucho. El jugador sí que lee los diarios, aunque diga que no. Nosotros, en el Espanyol, íbamos convocados con Clemente después de jugar el partido. Jugábamos, al acabar el partido volvíamos al hotel, cenábamos, dormíamos y luego desayunábamos, íbamos al campo a entrenar y volvíamos a casa. Al desayunar el día después del partido el hotel estaba lleno de la prensa escrita de ese día y nos leíamos las puntuaciones que nos daban del partido anterior. Aunque lo nieguen, los futbolistas sí que leen los periódicos porque, si no lo hacen, les puede venir un periodista y decirles cualquier cosa. Más vale que tengan la información cuando les hagan una pregunta y que no les llegue deformada y eso les lleve a hacer unas declaraciones polémicas.

"Urruti t'estimo". Ese fue el mensaje de la afición azulgrana para despedir a otro héroe, ya que él le dio al Barcelona el pasaporte a la final de Sevilla parando el penalti decisivo ante el Göteborg ¿Cómo recuerda a Urruti? ¿Cómo vivió su muerte?

Urruti era muy buen compañero y su muerte fue un golpe muy duro. Ese mismo día Catalunya Ràdio me despertó diciéndome que Urruti había muerto y me pidieron que asistiera a un programa matinal. Aunque después tuviera problemas, que culminaron con una desgracia así, era muy buena persona y un muy buen portero, con mucha personalidad.

Todo su palmarés futbolístico lo consiguió en las filas del Barça. ¿Cada título tiene un recuerdo?

No te sabría decir. No me lo he planteado nunca. Supongo que sí. Lo que si que te diré es que antes ganar una Copa del Rey, por ejemplo, era un gran éxito y ahora ganarla no supone nada. Las cosas han cambiado mucho.

¿Qué se planteó cuando se marchó al Espanyol? ¿Era consciente de que podía ser acusado de traidor?

No. Yo siempre he dicho que soy del Barça pero en ese momento era un profesional y, por lo tanto, tenía que defender al equipo que me contrataba. Estuve a punto de marcharme al Mónaco pero me salió una oferta del Espanyol y, como yo estaba encantado en Barcelona, mi mujer trabajaba aquí y mis hijos estaban estudiando, acepté. Durante esa época volví a disfrutar jugando a fútbol, porque en el Barça jugaba poco y un jugador, al fin y al cabo, necesita jugar. Cuando el Espanyol se interesó por mí quise hablar con el entrenador para saber si me fichaba él o lo hacía la directiva y Clemente me dijo que me había pedido él, aunque eso no significaba que jugara cada partido. Mi primer año fue muy bueno. El Espanyol quedó tercero en la Liga y el año siguiente llegamos a la final de la UEFA eliminando al Milan y al Inter. Eso hizo que no tuviera ningún problema. Quizás si hubiera ido mal hubiera tenido más problemas con la afición por venir del Barça. Pero no, no me sentí un traidor en ningún momento porque yo lo entendí como si fuera un soldado. Además, me siento orgulloso de todos los equipos en los que he estado. Hice lo que pude, con más o menos éxito.

¿Nos podría hablar de la figura de Javier Clemente? ¿Cómo era dentro del vestuario? ¿Qué le enseñó como futbolista?

En esa época para mí era uno de los mejores entrenadores. Sabía ver los partidos, era oportuno corrigiendo errores y defendía a sus jugadores a muerte. Era un auténtico escudo para nosotros. Se puede decir de él que tiene afán de protagonismo o que es un showman, pero en aquella época era uno de los mejores. El estilo del Espanyol era diferente del que yo estaba acostumbrado. Se jugaba con pelotas altas y tenías que controlar el balón y bajarlo. Después empezamos a controlar más el balón y practicamos un fútbol más atractivo.

Steaua de Bucarest, Bayer Leverkusen... ¿Qué le dicen estos nombres?

Yo soy el chico de las semifinales. Le marqué los tres goles al Göteborg con el Barça y también el 3-0 al Brugge en el minuto 119, el último de la prórroga, con el Espanyol. Marqué el gol que nos clasificaba para la final. En cambio en las finales... Habrá muchos que habrán perdido dos finales, pero que las hayan perdido por penaltis hay pocos. Yo las perdí las dos así. Quedar segundo es un fracaso pero con el paso del tiempo gana prestigio. La has perdido, sí, pero al menos la has jugado. Hay muchos equipos que no han llegado a ninguna final.

¿Recuerda alguno de los dos con especial animadversión?

Todo va en función de la participación directa que tú tengas. Yo participé mucho más con el Espanyol porque jugaba todos los partidos prácticamente. En el Barça jugaba poco. De hecho, jugué la semifinal marcando los 3 goles y en la final, de 120 minutos, jugué ocho. Entré en el minuto 112 después de estar calentando 70.

¿Qué jugadores llevaban el peso del vestuario durante su etapa en el Espanyol?

En un vestuario, una cosa son los capitanes designados por el entrenador y otra cosa son los que ejercen ese rol entre los jugadores. Para saber qué jugadores tenían más peso dentro del vestuario bastaba con ver qué jugadores eran los encargados de negociar con la directiva del club. Eran los que, cuando hablaban en el vestuario, eran escuchados por los demás. Desde el exterior se puede considerar a un jugador como carismático y luego dentro del vestuario igual no tiene ningún peso específico. Un claro ejemplo de esto fue Migueli. Era un jugador con carisma de cara al público pero dentro del vestuario nadie lo escuchaba.


En el Espanyol se convierte en una referencia goleadora. ¿Podríamos hablar de su mejor etapa futbolística?

Mi mejor etapa, como ya he dicho anteriormente, fue la del Zaragoza. Pero esta etapa fue mi reencuentro con el gol.

Si hubiera surgido la oportunidad, ¿hubiera fichado por el Real Madrid?

Yo creo que sí. De hecho fui a probar con la cantera del Madrid. Cuando tenía 16 años me mandaron allí desde el Benicarló. Quién sabe qué hubiera pasado si me hubieran dicho que me quedaba.

¿Cómo se planteó el hecho de retirarse?

Es el peor momento de todo deportista. Es como una jubilación anticipada. Eres demasiado viejo para jugar a fútbol porque no puedes jugar a un nivel ato y en cambio eres joven para la sociedad. Tú has dedicado los mejores años de tu vida a jugar a fútbol mientras que los otros jóvenes se han dedicado a labrarse un futuro. Es duro porque pasas de ganar dinero con mucha facilidad haciendo lo que te gusta, de que el móvil esté sonándote constantemente por las llamadas de periodistas y aficionados, de ir a un restaurante que está lleno y que te saquen una mesa por ser tú y que te inviten, a ser, de golpe, una persona normal como puede ser tu vecino. Dejas de ganar tanto dinero y sigues gastando lo mismo, porque el gasto es muy difícil de controlar. Ya no eres tan popular, te dejan de llamar... Pasas a ser alguien normal como el resto de la gente. Como todas las cosas, hasta que no las dejas de tener no te das cuenta del valor que tiene.

¿Cómo le llegó la oferta para entrenar a Catalunya?

Cuando me ofrecieron el cargo, Catalunya no jugaba demasiado, sólo de vez en cuando para hacer homenajes muy concretos. A mí me lo dijeron y, como era algo que no requería demasiado trabajo, acepté. Coincidió con la etapa en la que entrené junto a Víctor Muñoz al Mallorca, en el año 94. Me dijeron que querían empezar a jugar un partido al año. Era una forma de divertirme. Los últimos dos años hice de director deportivo de la Federació y elegía a los seleccionadores, marcaba la forma de jugar, planeaba los entrenamientos... Era más pesado. Eso sí, nunca pensé que vendrían a un partido 98.000 personas. Cuando vino Brasil y vi el Camp Nou lleno como si jugara el Barça no me lo podía creer.


¿Qué diferencias ve entre el Dream Team y el equipo liderado por Pep Guardiola?

No tengo ninguna duda. Johan Cruyff impuso una forma de jugar, una filosofía que venía de la etapa de Rinus Michels y que él supo consolidar. Pero entre el equipo de Cruyff y el de Guardiola hay diferencias espectaculares, ya que el Dream Team se guiaba por el olfato y por la intuición y el equipo que dirige Guardiola está creado con mucha conciencia y con un enorme trabajo y una gran preparación. El Dream Team podía ser un desastre defensivamente y ganar el partido en 20 minutos, ya que poseía una gran calidad. El equipo de Guardiola está muy equilibrado y trabaja tanto en defensa como en ataque.


Entrenar al FC Barcelona. ¿Sueño, pesadilla o posibilidad factible?

Entrenar al Barça es una utopía total. Si ahora viene Sandro Rosell y me lo propone, mañana mismo firmo para hacerlo gratuitamente.

domingo, 23 de enero de 2011

CUATRO REFLEXIONES Y MEDIA

Cada palabra se va encogiendo y sus significados se van escondiendo en estanterías mentales en las que se apoyan reflejos reducidos de una parte del mundo al que intentan evocar. Cada imagen se convierte en una espectral figura, en un vano augurio, en un olvido convertido en sueño, en un "tal vez" que mañana o pasado quizás sólo sea un "no cerrado" o un "demasiado incierto para ser verdad". Los sonidos intentan ligarse a otros para susurrarse juntos pero se convierten en berridos interiores que acaban esparcidos por la sangre. Los pretéritos siempre saben redibujar su huella cuando los presentes la quieren borrar. Entonces la realidad se bifurca en realidades próximas y en otras que jamás existirán. Y es que las grandes construcciones a veces se hunden por un fallo mínimo en los pilares de su estructura. El problema no es otro y tampoco esa intención tatuada a fuego que busca reciprocidad por todas partes para seguir siendo el motor del que nazca un impulso que racione tanta voluntad.

Palabras que desaparecen a contraluz y que sólo acechan que, cuando merodear no sea casual, la intencionalidad compartida esté asegurada para siempre en algún lugar, arraigadas a las raíces del mundo, para que toda palabra se siga quedando pequeña y se alimenten los egos de altruista satisfacción bidireccional. Entonces ya no habrán balbuceos inútiles ni pérdidas de tiempo provocadas por la pereza de opinar para cambiar. Sólo habrá silencios que serán comprendidos de una vez por todas y sus matices cerrarán los ojos por amor a la realidad.

miércoles, 19 de enero de 2011

AHORA QUE YA NO SOY CÁNCER


Ahora que ya no soy cáncer, mi mente no divagará más por la Luna. Para mí ya no hay sitio allí. Nuevos pelotones de reclutas tendrán ese privilegio en mi lugar y me sustituirán. Tampoco podré rezarle a Júpiter porque ha decidido no escuchar mis plegarias. Además, he perdido el don de la receptividad. También el de la sensibilidad, aunque, por suerte, he dejado la pasividad de lado y podré implicarme más en cambiar mi día a día. Ahora iré de un lado para otro sin abstracción alguna en mi mente, ni ningún cordón umbilical me ligará a mi origen y a mi infancia, pues ya no reconozco el olor de la leche materna. Dejarán también de aparecer ante mí una y otra vez el pasado y su maleta llena de recuerdos, ésa que se deshace cada vez que trato de agarrarla para tirarla por el precipicio del olvido y que provoca que, una a una, tenga que volver a doblar cada prenda que guarda en su interior para volverla a su lugar de origen. Ahora ya sé vivir con la independencia y la libertad a la que todos aspiran como playmobiles controlados por esa mano suprema supragaláctica que todo lo ve. Ya no convertiré más el tiempo en melancolía, ni beberé más soledad en esos momentos en los que me perdía en cualquier rincón de mi mente que hasta entonces había permanecido ajeno a mí mismo. Me he dejado olvidada la introversión en alguna constelación lejana. Se ha ido la angustia de la mano de la incertidumbre, que estaba atada a los pies del temor que provocaba en mí el futuro. Ya no vivo esposado a la tradición ni a la seguridad del pasado. Me he hecho amigo de Marte, he recuperado iniciativa y he pasado a la acción. Puedo clavar ya mis pupilas en el mundo real. Mis ojos ya no permanecen en blanco navegando por mundos de ensueño y de fantasía. Ya no soy un psicópata inestable, pues he adquirido un astral equilibrio emocional. El vagón en el que viajo se ha caído de esa montaña rusa que me hacía mezclar alegría y felicidad con demasiada facilidad en mi estómago para acabar vomitándolas después, creando así un cóctel mortal. Tampoco soy ya susceptible, ni vulnerable, ni me cierro si hieren mi sensibilidad. Ya no soy un cangrejo que se esconde en su caparazón y que siempre está preparado para huir si es necesario.


Ahora soy Géminis y soy el puto amo. Empieza mi era.