Como si se tratara de la subida de la caverna platónica, la Facultad de Filosofía se erige tras la cuesta que nace en la Plaza Cívica, y con ella, una de sus partes más intrínsecas: el bar, un órgano vital del cuerpo de la facultad, pues es el reflejo más palpable y realista de las gentes que transitan por allí. Es su corazón y se encarga de bombear la sangre que recorre el organismo del edificio, marcando así el tiempo de los movimientos que allí se producen. La Facultad de Filosofía es un lugar que nace del pensamiento y para él vive. Allí no existe el tiempo y ni la prisa y la calma no se pelean por dominar la situación. Sus gentes hablan, dialogan, discuten, siempre ajenas al compás del reloj, como si el espíritu de los antiguos filósofos de la Grecia clásica estuviera allí presente. Ideologías y posturas de todo tipo fluyen entre las mesas que componen tal escenario a su libre albedrío, viéndose rodeadas del entorno idóneo para poder pensar. Se entremezclan, se separan, se diluyen pero siempre fluyen en el ambiente sin pararse un solo momento. Porque si hay un lugar idóneo para pensar es aquel, ajeno a todo límite, donde sólo se impone la supremacía de un Sol del que nacen esa vida sobre la que los estudiantes teorizan y los árboles y el césped que les rodean y que lo bañan todo de un verde intenso. La facultad de Filosofía, como todas las facultades, es un micromundo, pero un micromundo muy particular. Está repleto de una gran variedad de pensamientos, de estilos y de edades, y destaca esa voluntad de manifestar la profundidad de ese pensamiento propio, pues cada persona se empeña en demostrar exteriormente que sus teorías y abstracciones la convierten en única, creando así su propia apariencia exterior, tan diferente y peculiar. En el bar de Filosofía y letras conviven desde el hippie más tranquilo hasta el anarquista más luchador, pasando por toda la variedad de estilos imaginables. Destaca, además, la lucha por conseguir la libertad y el empeño que ponen en intentar lograrla. Por ello es habitual encontrar paredes pintadas, carteles, anuncios, todos ellos en búsqueda de acciones que apelen al libre albedrío. Y fruto también de esa voluntad por actuar libremente, defendiendo los derechos que creen tener, circulan por allí todo tipo de sustancias, predominando especialmente la marihuana y el hachís (símbolo de su rechazo a las leyes vigentes) con la tranquilidad de que allí nadie clavará en quienes optan por consumir drogas sus ojos cargados de prejuicios y de represión. Allí los prejuicios ya se esfumaron hace tiempo, si es que existieron alguna vez, y la libertad fluye libre, sin barreras ni cadenas.
domingo, 21 de noviembre de 2010
viernes, 19 de noviembre de 2010
VOCES DEL MÁS ALLÁ
Odio la vida, la muerte, mi masa cardíaca inherte, esperar a ser inyectado de algo menos destructivo y más nutritivo emocionalmente que esas tonalidades de verde intenso y de blanco que según dicen destruyen la mente. Odio el día en que nací, el día en que morí, el día en que resucité y el día que decidieron exterminarme para siempre. Odio los prejuicios incrustados en conservadorismos baratos, los juicios que nacen de malos planteamientos, los valores morales, la moral en sí misma. Odio esas miradas que atrapan, esas miradas de las que no te puedes despegar, igual que odio también a aquéllas que surgen del odio y que matan, como también odio a las que desatan desesperanza y a las que con su caudal, tan lleno de indescriptibles sentimientos, dilatan las pupilas de la vida. Odio las sonrisas inconscientes, las provocativas, las provocadas, las reprimidas y reír a carcajadas. Detesto la inconsciencia, la falsa conciencia, la demencia y la inclemencia. También odio la madurez basada en una supuesta inteligencia y la fama de quiénes disimulan su impaciencia y creen encontrar la esencia de la vida en los libros y en las falsas ciencias. Maldigo a la desesperación, a la tranquilidad, a la pasividad y a la vitalidad, a la nulidad, a la omnipresencia y a la espontaneidad de esas apariciones que siempre saben a poco. Odio las letras, que forman el único espejo del que me fío, reflejando a la perfección el vacío del alma, las palabras que maquillan la angustia e intentan convertirla en paz, los textos que asumen el dolor de la vida desolada... Odio los vales de descuento, los cheques que no son en blanco, los recibos, las facturas, la lectura obligada, las críticas recurrentes a la telebasura. Odio a los grandes del cole, a los pequeños y a sus padres, que sólo son ya fantasmas olvidados por la vida. Odio las colas, las aglomeraciones, las entradas y las salidas en estampida, los niños abandonados, los no deseados, los deseados y los centros de acogida. Maldigo a quiénes me maldicen y a los que no también, por si acaso. Aborrezco a quiénes me admiran, a quiénes fingen su admiración, a los que me ignoran y a los que callan en silencio su atracción. Detesto a los que atraviesan en silencio el mundo para intentar llenar sus depósitos, tan vacíos de creatividad propia, gracias a aquéllos que no cesan de hablar, de crear, de gritar, pues después, cuando han conseguido hacer un cóctel de lo que han ido atrapando por aquí y por allí, ancha es Castilla en su memoria y en su moral, y felices y atrevidos su cerebro y su ego, desconocedores de que lo único que han hecho es llenarse de caducada escoria que forman ahora esos gritos y esas incesantes palabras que ya han mutado, ya han adoptado nuevas formas y se han adaptado a nuevos contextos empíricos. Odio no callarme como también odio otorgar triunfos en bandeja por pereza mental. Odio no inspirarme, no templarme, aceptar resignado que las ideas no cesen de bombardearme, que el sueño no acuda algunas noches a ayudarme. Desprecio a los altruistas y a los falsos egocéntricos, a los que tienen fe y a los que se niegan a buscarla, a los pagafantas, a los huelebragas y a los que en encontrar la conexión perfecta no son capaces de mantenerla por miedo a amarla. Siento desprecio hacia las creencias, las sectas, las religiones, los dioses y sus representaciones, los alquimistas, los nihilistas. Odio querer acabar y no encontrar la forma de hacerlo, ver cómo las ideas encuentran la forma de materializarse sin parar y creer que lo mejor es cortar el grifo para que mi salud mental siga siendo estable, pero seguir escribiendo con la mente en blanco, con el dedo como única parte en movimiento de mi cuerpo, pincelando mis abstracciones. Odio necesitar tanto escribir por escribir aunque luego vea que sigo igual de vulnerable, que haga lo que haga no llego a ningún punto concreto. En definitiva, odio que el único remedio sea odiar y maldecir, sabiendo que mañana, al menos temporalmente, me habrán olvidado ya esos sentimientos y su vacío ya lo habré llenado con cualquier copia pirata de la felicidad. Pero mientras tanto, seguiré odiando, maldiciendo, desgastando ideales y reflexiones vitales con la intención de que al final sólo permanezca la única variante válida de esta antítesis global, esa que nunca odié ni odiaré, pues antes destrozaría el escenario de la vida y le enseñaría esos miedos de los que tanto huye, sabedor de que ella huiría de mí y me dejaría aún más inherte, pero tampoco logro concluír en que ese hecho convertiría esta situación en diferente.
Odio despedirme, echar de menos el recuerdo que antecede al actual, igual de fugaz que el primero, y esas dosis de olvido que me arrastran y me acaban llevando a recordar conceptos vacíos. Si pudiera odiar... Si pudiera odiar al padre de la metáfora, aquéllo con lo que mis palabras buscan identificarse constantemente, aquéllo a lo que apelan y a lo que referencian, odiaría a ese filósofo que nunca muere, que tan sólo se diluye entre la gente y sus andares, tan llenos de nada, tan repletos de todo, desconocedor de la metástasis que el destino, un tumor maligno que ha desarrollado sin saberlo, ha acabado provocando en él a la larga. Maldigo ese "Próxima parada: Terrassa. Final de trayecto" que boicotea estos momentos en que mi dispersión da sus frutos y acaba con la vida de mis palabras metiéndolas en las cámaras de gas de sus campos de concentración...
Odio despedirme, echar de menos el recuerdo que antecede al actual, igual de fugaz que el primero, y esas dosis de olvido que me arrastran y me acaban llevando a recordar conceptos vacíos. Si pudiera odiar... Si pudiera odiar al padre de la metáfora, aquéllo con lo que mis palabras buscan identificarse constantemente, aquéllo a lo que apelan y a lo que referencian, odiaría a ese filósofo que nunca muere, que tan sólo se diluye entre la gente y sus andares, tan llenos de nada, tan repletos de todo, desconocedor de la metástasis que el destino, un tumor maligno que ha desarrollado sin saberlo, ha acabado provocando en él a la larga. Maldigo ese "Próxima parada: Terrassa. Final de trayecto" que boicotea estos momentos en que mi dispersión da sus frutos y acaba con la vida de mis palabras metiéndolas en las cámaras de gas de sus campos de concentración...
lunes, 15 de noviembre de 2010
SOBRE "TERRITORIO COMANCHE" DE ARTURO PÉREZ-REVERTE
Empezar un libro trae consigo como consecuencia inmediata la elaboración mental de un conjunto de preguntas y cuestiones que, posteriormente, el lector busca responder en sus páginas sin cesar, a no ser que la búsqueda de evasión sea tan pronunciada que simplemente se deje en blanco la mente y se eche a volar sin más, sin un porqué en el horizonte. Esta búsqueda dura desde que se abre la tapa del libro por primera vez para sumergirse en un mundo de palabras, que el autor ha esculpido con suma sutileza, hasta que se cierra, en uno de esos actos que mezclan a la perfección una ambigüedad absoluta compuesta de tristeza, felicidad y un principio de nostalgia que surge ya desde el momento en que se acaba la última palabra, al nacer la conciencia de que jamás, por muchas veces que sea releído, será igual su lectura que la vez primera ya finalizada.
Cuando alguien se dispone a empezar este libro en concreto, llueven en su cabeza varias preguntas. ¿Por qué “Territorio Comanche”? ¿Qué pretendía Pérez-Reverte con ese título y con la publicación de un libro sobre la guerra de los Balcanes? Preguntas a las que es fácil e incluso agradable darles respuesta después, al adentrarse en su lectura.
Nada más comenzar el lector se encuentra con la siguiente cita del libro “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, de Tim O’Brian:
“Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre hicieron. Si una historia de guerra parece moral, no la creáis.”
Arturo Pérez-Reverte pretende, con la inclusión de ese fragmento, empezar a describirnos el papel de quiénes protagonizarán su libro: el papel de los reporteros de guerra. Porque “Territorio comanche” no es un libro de la guerra de los Balcanes, ni de las guerras. Ni tampoco de quienes luchan a favor de una ideología o de una religión determinada o de otra totalmente enfrentada. “Territorio comanche”, publicada en 1994 como fruto de la experiencia del autor como reportero de guerra, es una introducción al mundo de aquéllos que se sitúan donde la vida y la muerte juegan a acariciarse para contárselo al mundo. Es un libro en el que lo que se cuenta habla de aquéllos que están acostumbrados a narrar y no a protagonizar los hechos, cuyas muertes pasan desapercibidas y no tendrán relevancia alguna en el devenir de la guerra que explican, pero sin la vida de los cuales sería imposible recoger ese testimonio tan directo que le llega a la sociedad. Pero para ello necesitan dejar la moral de lado, esa moral que un periodista, dicen, ha de tener para ser un periodista de calidad y de cualidades. Plantea, pues, tan sólo con su inicio, el eterno debate de si primero está la moral o el conseguir una historia buena. Aunque su experiencia, y eso lo transmite perfectamente, le ha enseñado que, en el caso de los reporteros de guerra, primero es la historia, pues esa es su misión allí, y no de hacer de intermediarios, ni de médicos, ni de bomberos, ni de superhéroes.
Utilizando la técnica del fluir de consciencia, Pérez-Reverte transmite a la perfección las vivencias de los protagonistas durante una tarde en la que se encuentran esperando a que vuelen el puente de Bijelo Polje y los recuerdos que surgen en el protagonista, Barles (que no deja de ser un Pérez-Reverte camuflado) al vivir eso por enésima vez. Es así como nos descubrirá el micromundo de los reporteros de guerra, su día a día, su cercanía a la muerte, la normalidad con la que tratan un cadáver, el goteo diario y constante de adrenalina, el caos, el orden, la implicación inevitable del periodista, pese a que intente apelar a la objetividad a toda costa, combinar la búsqueda de la noticia con tener que contárselo al mundo posteriormente, la hipocresía de algunos que creen vivir la guerra viéndola desde el hotel o buscando sitios lejos del frente para luego volver a su país como héroes. En conclusión, Pérez-Reverte nos narra las peculiaridades del mundo que él mismo vivió a la vez que nos relata la historia de su especialidad y el papel que han tenido los reporteros de guerra en las guerras de este siglo y del pasado. Y lo hace acompañando unas vivencias espeluznantes con un tono dramático, cuando tiene que serlo, mezclado con ironía, pues sólo con ironía es como un reportero de guerra puede sobrevivir en la guerra, y con una normalidad hablando de la muerte y otros conceptos que sólo puede surgir de la experiencia de quien lo ha vivido todo, lo ha visto todo, y ha sido capaz de contarlo, y a quien ya no le sorprende absolutamente nada.
domingo, 7 de noviembre de 2010
UNA RELIGIÓN CONDENADA A MUERTE
Tartazo a André-Joseph Leónard, jefe de la Iglesia católica en Bélgica
Vídeo: De Standaard - Léonard krijgt taart in het gezicht
"El sida no es una justicia divina sino una especie de justicia inmanente. Jugar con la naturaleza del amor puede conducir a catástrofes así, y es comparable a las consecuencias medioambientales del abuso de recursos que el hombre está haciendo de nuestro planeta. Si alguien fuma o bebe alcohol de forma exagerada se puede adquirir cáncer, lo que también sería una forma de justicia inmanente. "
El cristianismo y sus innumerables bifurcaciones están condenados a muerte y, con el paso de no demasiado tiempo, podremos tener la satisfacción de ver como se diluyen entre las manos de oro de hombres como este. ¿Será un acto de justicia inmanente?
Mientras tanto, Ratzinger critica el laicismo del Gobierno. Como buen pastor, trata de reunir a las ovejas del rebaño que perdió, desconocedor de que hace ya tiempo que abandonaron la montaña.
Mientras tanto, Ratzinger critica el laicismo del Gobierno. Como buen pastor, trata de reunir a las ovejas del rebaño que perdió, desconocedor de que hace ya tiempo que abandonaron la montaña.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
SOMOS, FUIMOS, SEREMOS, HUBIÉRAMOS SIDO
Somos la libertad y la independencia del líder de la manada, ya muertas y bien guardadas en la cueva de las aspiraciones pretéritas de la nubilidad esfumada. Somos la vieja esperanza, la voluntad de vivir del que se suicida asfixiado por un cúmulo de recuerdos incumplidos que han acabado desequilibrando su balanza, la claustrofobia del prisionero de guerra de una cama vacía, el rastro de olor que deja su champú, ese mismo rastro que se pierde al cruzar la puerta, cuando la noche secuestra al día. Somos la cuarta parte de vida que es enterrada sin haber muerto tras el último alarido del parto y que golpea sin cesar el ataúd en el que se encuentra encerrada, intentando escapar sin ser escuchada. Somos el cúmulo de indecisiones que nacen del positivo de un preceptor, el dedo anular virgen de anillo de compromiso, las palabras que el ebrio entrecruza con su reflejo en una conversación de retrete y su mensaje, tan poco conciso. Somos las yemas de unos dedos que todo lo tocan, los colores del verano, los olores de la primavera, los sonidos que no cesan de estallar, la presión en la mandíbula, ese grito que nace de dentro cargado de las verdades más viscerales, el hambre en tiempos de Calígula. Somos el último aullido melancólico del lobo, el maullar del gato en celo, la rebeldía del cachorro. Somos las pupilas dilatadas del que despierta de la ceguera, los ojos rojos del visionario dormido, la fuerza que el guerrero perdió por el tubo de escape cuando su valkiria le rompió la espada a bocados con el pretexto de la madurez y todo lo que trajo consigo, las heridas abiertas que se resisten al poder curativo del olvido, la uña partida que el vividor se rompió cuando arañó el muro de la vida por última vez. Somos el último segundo, la última conciencia, el primer síntoma, el último maratón en la cama, la suavidad y la melancolía del último beso, la última lágrima, esa decepción que jamás podrá ser comprendida ni curada, el dolor irremediable del reprimido solitario. Somos, según dicen, cachorros de humano sin credibilidad ni potestad para decidir por el mundo, ni siquiera para decidir por nuestro ordenado caos. Somos cajas repletas de agujeros negros que se ven obligadas a aceptar los dardos envenenados que los usurpadores de identidad lanzan. Somos lo que nuestra irreflexibilidad decide que seamos, lo que el ímpetu de los inconscientes muertos diseñó para inconscientes futuros, la última dosis de vida que los progenitores del olvido le encargaron a sus camellos.
Surgimos de ahí. Formamos un caos absoluto de ideas, razones, motivos, ansias y desengaños que intentan ser suprimidos por grandes dosis de una resignación nuclear que amenaza seriamente nuestro bienestar y que fue colocada con manos cubiertas con guantes de látex en nosotros desde el momento en que nos engendraron, con la máxima discreción posible para que su apariencia fuera inapreciable. Se trata de la resignación de los que un día quisieron comerse el mundo, cuando sus mentes aún tenían ese punto de libertad que les permitía crear, cuando estaban dotados de un filtro de absorción firme que se sostenía de buen criterio, cuando aún no habían perdido la goma con la que trataban de borrar unos prejuicios que tenían escritos con permanente. Otros, sin embargo, no tuvieron ese don, ni se encontraron en el contexto adecuado para desarrollar la conciencia necesaria. Fueron simples burros de carga de la sociedad. Reprocharles algo sería un crimen. Pero sí que pueden ser criticados aquéllos que pudieron despertar y no lo hicieron, los que planearon levemente por el cielo infinito y no impidieron que sus sueños fueran una especie en extinción que acabó desapareciendo. Dejaron que sus aspiraciones acabaran siendo tan remotas que se deshicieron entre los átomos del tiempo. Se quedaron quietos, mirando embobados, tendiendo la mano al enemigo. Se trata de la resignación de los que se limitaron a continuar la obra que otros empezaron antaño, desestimando la posibilidad de valorar su contexto, meter en el horno sus ideas, opinar, decidir y poder, así, diseñar su propia obra. No fueron capaces de cuestionarse nada, no supieron encontrar las salidas en el mapa y obviaron las vías de escape, las alternativas posibles, negando la existencia del abanico de posibilidades que la vida trataba de enseñarles a gritos.

Animales somos, animales fuimos y vivimos con esa afirmación tatuada en los genes pese a que en la práctica acabe borrándose de ellos tan fácil como se borran los tatuajes que salen con las patatas. Nuestro ego y nuestra lógica de calle nos impiden lo contrario. Marcamos nuestra existencia, sin embargo, con los mismos puntos o procesos con los que marcamos las existencias de los demás seres vivos englobándonos dentro de lo que denominamos ciclo vital. Nacer, crecer, alimentarse, reproducirse y morir se erigen como bases de nuestra vida, como puntos fundamentales por los que todo humano ha de pasar. Determinismo puro y duro. Pero en una época en la que cubrir las necesidades básicas no es, ni muchísimo menos, suficiente, tal clasificación se queda corta, pues se quedan fuera procesos como amar, establecer vínculos sociales, interactuar... Esquematizar y resumir la vida de un humano en esos puntos es, por lo tanto, ridículo, pues sin los demás procesos una vida realmente no tendría sentido alguno. ¿Por qué nos encasillamos en esa clasificación? ¿Quién tiene los cojones de comer con el corazón roto? ¿Quién se levanta de la cama con la casa en ruinas? ¿Quién mira de frente a la vida cuando le ahogan la monotonía y la desidia? ¿Acaso alguien estaría dispuesto a afrontar su día a día si sus únicos quehaceres fueran los citados? No seremos recordados por cómo comíamos o cómo crecíamos. No incluyo reproducirnos porque cabe la posibilidad de que engendremos a la Miley Cyrus o al Jesulín de Ubrique de turno y seamos recordados por ser los padres de... Todos tenemos nuestras prioridades y nuestros pilares, creemos trazar nuestros caminos sin darnos cuenta de que ya estaban trazandos a lápiz muy ténuemente hace años y lo único que hemos hecho ha sido seguirlos creyendo agarrar de la mano a la libertad. Circulamos por carreteras que se bifurcan en otras cada vez más estrechas, olvidandonos del suelo donde estamos pisando, obviando el porqué, el para qué y el dónde.
Un día Dios murió. No mucho más tarde murió Naturaleza con todos sus mitos y su atrezzo. Dejamos de creer en ella. Seguimos aceptando los regalos que nos hace sin que aparezca reprocidad alguna, como si se tratara de ese pariente lejano que te visita de año en año y te da dinero para que te acuerdes de él algo más de un día si es posible. Pero no deja de ser ese pariente lejano. Hemos renegado de la naturaleza, nos da igual, muestra de ello es que la humana condición de no solucionar los problemas hasta que podemos rozarlos con la punta de la nariz aparece para obviar la destrucción a la que el planeta se está viendo sometida. Nuestro cosmos se compone, pues, de un ombligo gigante formado por toda la humanidad. Intentamos convencernos a nosotros mismos de que no es así yendo de verdes, de solidarios, de preocupados por el cambio climático. Pero no. La naturaleza es una esclava nuestra con un sinlímite de obligaciones y ningún premio a cambio. ¿Para qué? Obviamos las vías posibles, nos estancamos en una balsa de agua putrefacta sin ver el canal estrecho que sale de ella y que se arrastra hacia un río que desemboca en un mar por descubrir. Pero nos negamos a salir de ahí, pues por muy catastrófico presente que sea augurado, la estabilidad está ahí y nos negamos a perderla. Es un modelo seguro, el modelo seguro de quien no arriesga, pues sabemos que funcionará al 100%. Nos olvidamos de que La vida es inclasificable, de que es tan abstracta e imprevisible que es indigno hacer un catálogo que trate de incluír todo lo que la forma. Pero no, nos hemos estancado en clasficiaciones, en predicciones, en esquemas...
Marcamos nuestra existencia por el día en que nacimos y el día en que morimos. Somos tan poco creyentes en lo ajeno, en aquéllo que no podemos palpar, que hasta que alguien no es visto por primera vez por la sociedad, por otros, no es considerado una persona, no existe. No puedo considerar que alguien exista desde que nació, ni celebrar su cumpleaños ese día, pues nació cuando el espermatozoide menos remolón de su padre encontró cobijo y se aposentó en el rey óvulo de su madre. Nació en el pensamiento de ambos cuando decidieron crearlo, cuando su amor o su odio les llevó a concebirlo. Ya existía mucho antes de que se arrastrara por las puertas del mundo para llegar por la puerta grande y que todos lo recibieran y lo consideraran uno de los suyos. La sociedad lo estaba esperando, y su esquematizado y especializado sistema también. Ese día tuvo que ser marcado por convención en el calendario y, con la máxima regularidad, tuvo que ser celebrado de año en año, invitando a esa festividad a gente cuya existencia era desconocida para el protagonista, gente que al día siguiente volvía a su rol de desconocido o de olvidado. Con los años la situación empeorará. En ser recordados los años anteriores, se decidirá llamar a la puerta de la melancolía para recuperar a según qué personas, por muchos años que haga que su recuerdo se perdiera en el olvido. Se pondrán al día, se querrán mucho durante unas horas determinadas y tras un "ya te llamaré", "quedamos y lo hablamos", "no podemos estar tanto sin vernos" sus caminos volverán a perderse por horizontes opuestos y olvidarán la hipocresía que dibujaron aquel día. Pero es una hipocresía sana y humana que nace del recuerdo y de la eterna búsqueda del ser humano de recuperar lo que ha perdido, la melancolía de sentimientos y sensaciones, de compañías pretéritas, de personas queridas, de olores familiares.
No puedo aceptar que mi vida esté, pues, tan marcada por mi nacimiento, un nacimiento que me arrastrará por ciclos vitales tan plenamente determinados y que me llevarán a ser un humano más en la tierra de los humanos sobrantes, una mota de polvo en una época en que tratan a toda costa de no dejar que el polvo se acumule, y en que si más de uno pudiera, detendría el proceso de creación. Después de nacer creceré, aprenderé lo que otros muchos han aprendido ya, intentarán que no muera en mí la curiosidad, o la curiosidad que se vende en el mercado, la desarrollarán al máximo hasta que decidan suprimirla para hacerme creer que no hay progreso que valga hasta el punto en que crea que no existe un más allá posible. Me encaminarán, me especializarán, me concretarán para que tome forma, fina y poco abarcante para no ocupar demasiado espacio y para poder tenerme bien localizado, porque el mundo laboral necesita especialistas, gente limitada mentalmente que sólo pueda pensar en la parte más remota de una porción de conocimiento para que no pueda valerse por sí misma, para que no pueda ver el global del diseño. Seguirán cayéndome etiquetas del cielo, seguiré haciendo lo políticamente correcto, lo estipulado. Me marcarán a fuego con etiquetas, seré heavy, garrulo, housero, emo, rockero, hippijo, hijo de la gran puta... Etiquetas que me servirán para lucir en el escaparate del mundo, etiquetas con las que me podrán valorar aquéllos que vayan al supermercado de la vida para comprarme o para dejarme caducar en una estantería de mierda. Seremos los productos de una cadena de montaje que ocupa todo el planeta, seremos apariencias más o menos sólidas que se mostrarán en pasarelas y escaparates de hipocresía. La gente mirará nuestro precio y nos meterá en bolsas, en paquetes... Seremos gotas de lluvia extirpadas de transparencia y de formas sinuosas que en caer se desharán con el único consuelo de humedecer un asfalto que segundos después estará seco. Cuando hayamos dejado de crecer por la sociedad, deberemos devolverle el favor que ésta nos ha hecho y deberemos trabajar. Nos casaremos, tendremos dos hijos, la parejita, con los que alimentar al sistema, viviremos drogados creyendo que, para bien o para mal, habremos elegido nuestra vida y que eso es lo que cuenta. El amor será un buen bálsamo. Grandes trabajos nos esperarán, podremos comer y alimentar a nuestra familia, a nuestros pequeños, Wendolyne y Marshall, y a nuestra esposa Lucy. Trabajaremos sin cesar, incluso algunos dias serán tan maravillosos que tendremos fiesta, podremos irnos de puente, descansando o en casa, listos para ver la película de las 4, sin olvidar esas 3 maravillosas semanas de vacaciones a las que optaremos y que nos darán las fuerzas necesarias para pasar otros 11 meses de maravillosa existencia. Cuando nos hayamos dado cuenta, sentiremos la acechante sensación de que hemos desaprovechado nuestra vida y como buenos humanos, no podremos culparnos a nosotros mismos. Culparemos al sistema, al presidente de turno, a nuestro padre, a nuestro jefe, a nuestra mujer o a todos juntos. Algunos no podrán con ese odio de nacimiento reciente y su cobardía les llevará a caer en actividades que hoy día son noticia, como maltratar a su mujer. Otros directamente la dejarán, o se buscarán a alguien que aún tenga presente los sueños que ellos decidieron olvidar, pudiéndose alimentar en parte de ellos. Con la tranquilidad de haber progresado enormemente y admirando la perfección de todo lo palpable a nuestros ojos, manos, oído, lengua y nariz de humanos, con la seguridad de que el camino elegido era el único en condiciones, seguiremos en las mismas, educando a nuestros hijos para que sean hombres de provecho como nosotros, les pondremos los dibujos que estén de moda para que puedan aprender a evadirse de lo que les espera, pues en el fondo sí que sabemos que las cosas podrían salir mejor y que el cambio es posible. Seguirán viendo como Doraemon le enseña a un niño indefenso a volar, y a que siempre le salven el culo, expandiremos la semilla del síndrome de Nobita, seguirán creyendo que hombres super fuertes hacen super cosas increíbles, que todo es maravilloso y flipante... Y ellos creerán en eso, nacerán socialmente con el chip de que son invencibles y encaminarán sus vidas por ahí, y no se esforzarán en cambiar su verdadero presente mental y físico, en desarrollar su ímpetu social, pues será tal la abstracción a la que se habrán visto sometidos que confundirán su propia realidad. Y así seguiremos, así seguiré, resignado por contagio imprudente, o demasiado prudente, seré uno más entre tantos, deambulando por el cementerio de la vida, y sabré aceptar, sin más remedio, las críticas que la resistencia sepa elaborar de mí en el futuro.
viernes, 22 de octubre de 2010
EL DEVENIR DEL INQUIETO
Latiendo los corazones en colectiva harmonía durante el exprimir constante que la naranja terráquea ha de sufrir en manos de los peones, se arrastran por el suelo los sedientos para saciar su sed sustancial. Con los bolsillos rotos de necesidad, entrebuscan en una remota parte de su materializada existencia agarrados al clavo ardiente de la esperanza. En un repliegue de sus pieles sobresale algo y no dudan en abrirse en canal para sacarlo. Se trata de lo que estaban buscando: el mando que los teledirige. Lo cogen y suspiran, mas su alivio es efímero, pues ya no funciona. Lo agitan con impotencia, pues sin él no podrán pasar al siguiente nivel de conciencia. Sigue sin funcionar. Lo golpean contra el suelo, contra los paredes, contra las mesas y contra la estantería, llena de recuerdos viejos, quedando todos desparramados por el suelo. Esparecen el polvo, acumulado durante años, por todas partes y su contagiosa desesperanza invade el microsistema que se han encargado de crear. Explotan en furibundos resentimientos contra el hado mientras éste sigue tejiendo la telaraña del futuro en la que los seguirá manteniendo atrapados, por muy intensa que sea su resistencia. Se contrae la psicológica causa que engendra sus últimos impulsos vitales hasta acabar desapareciendo, mientras sus desorbitadas pupilas se estremecen en recordar quiénes fueron. La ira les da esa última bocanada de aire caliente que nace de la nuca y se expande por todo el cuerpo y consiguen regatearle a la vida un puto segundo más, quitándole al tiempo la posibilidad de decidir sobre ellos. Siembran la envidia en el mayor asesino en serie de la historia. Desgarrando sus harapos y aturdido por el eco que las carcajadas de los humanos causan en él, el tiempo parpadea cuando la perplejidad hace una pequeña pausa para tomarse un café y fumarse un cigarro, sin entender el porqué de la tendencias que lo han llevado al fracaso. Le aturde la música, la de verdad, y le engañan los colores cuando la purpurina mental que él mismo creó para sustituir la humana propensidad al amor concibiendo, así, la monarquía absoluta del olvido, se mezcla con la arena del reloj al que dio origen con sus dedos, tan cargados de segundos, de minutos y de horas, esos mismos que le han robado ahora. Intenta convencer a la vida, su eterna enemiga. Cual paleta de barrio bajo le suelta un piropo ridículo mientras ella derrama indiferencia. Se apagan las luces y se encienden todas las alarmas, pues la psique del peón ha progresado y está lista para romper su hegemonía. Los que antes habían de levantar su cuello hoy se bastan con bajarlo para decidir, y experimentan con sus manos la magia del poder totalitario de la libertad. Sus dedos se expanden hacia todas direcciones como si quisieran desprenderse del resto de sus manos para después contraerse y cerrarse, formando un puño de hierro hambriento que parece guardar el elixir de la vida en su interior pero que en realidad no lo tiene, aunque no cesa de buscarlo para llenar su vacío. Un puño que intentan introducir a continuación por sus oídos para encontrarse a ellos mismos, para encontrar esa parte palpable de vida que poseen y que no saben dónde está, para localizar su propia esencia. Tras hallar esa pequeña bola en la que sus vidas han cobrado forma material consiguen que vivir deje de ser un concepto vanalmente utilizado y compuesto de nulas abstracciones, y la arrancan de sus cráneos, pues para qué dejarla encarcelada en tan pequeño recipiente putrefacto pudiendo expandir su territorio a infinitos parajes más apropiados para ella. Una vez fuera, abren la palma de su mano y la observan absortos. Se miran a sí mismos, dándose cuenta de que sus ojos ahora son de un blanco lleno de color, huelen el rastro del tubo de escape de sus achatarrados vehículos y consiguen ver cercana la disolución del destino. Tiran de voluntad para lanzar los restos de desperdicios que les quedan, le escupen al desengaño, vomitan las secuelas de su pedregoso caminar, se golpean la cabeza contra el paso de cebra, se roban a sí mismos los escasos minutos de vida que les quedan para esculpirlos en un suspiro final y el más allá secuestra sus existencias, arrancándolos de la mediocridad. Los acordes se convierten en un incesante fluír musical en el que ya desconectados, puño en alto y con los ojos bien abiertos, se dejan llevar por el reinado de la abstracción mental. El juez los observa impasible y los analiza minuciosamente antes de sacar su conclusión definitiva: jamás verán su cuerpo deshacerse en un ataúd de mierda.
lunes, 18 de octubre de 2010
SOBRE “¿DÓNDE ESTÁS, GUEVARA?”, DE SANTIAGO TEJEDOR
Abro la primera página de “¿Dónde estás, Guevara?” con el escepticismo de quien ha dudado realmente si la elección de este libro es la adecuada, duda surgida después de una fértil mezcla de prejuicios y cuestiones varias. En primer lugar, porque el riesgo de analizar, comentar o criticar el trabajo de alguien que tiene el poder de aprobarte o suspenderte nunca es tarea fácil. Sin embargo, también la idea de poder profundizar en el trabajo de alguien que después habrá de profundizar en el tuyo es seductora a la par que justa, pues un pequeño intercambio de posición y de rol siempre atrae, por muy poca relevancia que este tenga a la hora de la verdad, ya que la maza está en una tarima inalcanzable para mi antojo. En segundo lugar, porque he tratado de huir siempre de las fáciles idolatrías a las que almas que vagan huecas por el mundo someten a según qué personajes para rellenar su profundo vacío con lo que a ellos les rebosa o rebosó (facilidad con las mujeres, éxitos, asombrosa belleza, carisma y derivados) y conseguir, así, la ayuda necesaria para saciar la necesidad de ser felices con la abstracción que esa adoración a según qué personajes les otorga. La figura del Ché Guevara, en especial, siempre me ha producido una sensación extraña que causaba en mí rechazo, pues muchos son los que hoy en día deciden llevar su rostro en su camiseta o colgarlo en un póster sin conocer apenas su historia. Es por ello que al leer el título de este libro uno se espera que, como mínimo, haya algo de guevarismo o ciertas influencias del Ché, ya sean ideológicas o vitales, en estas páginas. La lógica me dice que quien decidió engendrar esta obra estaba lo suficientemente preparado como para controlar ese aspecto a la hora de dejar brotar de su bolígrafo las palabras que la componen, por lo que trato de darle una oportunidad y adentrarme, de una vez por todas, en su lectura.
Empiezo a hojear y, en encontrarme apenas en el inicio del primer capítulo, me atrae la citación de un fragmento que Ernesto Guevara escribió en sus Notas de viaje, del que especialmente destacaría la siguiente selección:
“El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, "yo", no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra "Mayúscula América" me ha cambiado más de lo que creí.”
Fue un fragmento que nació después de la experiencia vivida tras el primer gran viaje que el Ché realizó por Latinoamérica y deduzco que es lo que el autor desearía poder escribir, cambiando ciertas obviedades, tras finalizar su viaje por Cuba, con lo que se empiezan a percibir determinados aspectos que dejan de permitir calificar este libro como uno más de la reciclada figura del Ché Guevara.
Avanzo en la lectura y percibo la simpleza formal de la que Santiago Tejedor dota a las frases que componen sus párrafos, de los que emana el asombro por el quién y el dónde al que refieren constantemente, y que ayudan de forma evidente a hacer de este libro una obra amena y agradable que desliza al lector por llanos caminos asfaltados por un Tejedor que se propone conocer a la persona que hay detrás del mito, a Ernesto Guevara, y todo lo que lo rodeó durante su vida. Con el pretexto de empezar hablando de cómo fue la búsqueda de su cadáver, el autor arrastra al que se adentra en sus líneas a una encuentro con la persona, incluso a la búsqueda de la semilla que éste dejó en el pueblo cubano y en sus seguidores y admiradores y a la propia semilla que el Ché dejó en el mismo autor. Es por ello que aparecen en mí la sensatez y la coherencia y me olvido de la idea de que éste sea un libro más del polifacético argentino-cubano, pues si bien la prosa de la que ha sido protagonista es innumerable, no es tan común el analizar de una forma tan profunda e insistente su verdadero yo, su mundo interior, algo fundamental en las personas y que se acaba perdiendo con el tiempo enterrado bajo la manifestación en forma de obras y de actos que deja. Es éste otro punto de atracción importante del libro. Es una obra que no sólo está centrada en la figura del Ché Guevara, sino que no se olvida de su entorno, de la isla de Cuba de la que Tejedor se enamora prácticamente al instante y a la que describe con un cuidado y una pulcritud admirables, recreando la reciprocidad de la relación personaje-entorno realmente bien.
Es por ello que “¿Dónde estás, Guevara”, desconociendo su relevancia en el panorama editorial y su aceptación respecto a los otros muchos libros que hay sobre el protagonista, es un libro que merece la pena ser leído, pues toda página que tenga la capacidad de sorprender y aportar algo valioso y diferente al lector lo es y, evidentemente, es un requisito que las páginas que componen esta lectura cumplen.
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